Mi mujer y yo en pijama; mi hijo (de tan sólo cinco años), indignado por no recibir invitados y no tener cotillón ni juerga preparada, se negó a desvestirse para tan magna ocasión y siguió ataviado con sus vaqueros y una de sus camisetas preferidas para asistir a la gran cena. Atípica también ya que fue mi mujer que tuvo la gran y acertada idea de cocinar; a su manera, tradicional, simple pero perfectamente ejecutada.
Mesa sin mantel, platos y cubertería de diario, sin velas, una botella de cava para dos, mejillones y Morruda fueron nuestros selectos acompañantes. Sin estridencias, a su ritmo, paso lento pero seguro, sin complicaciones Marga fue ejerciendo de mediterránea auténtica y supo mezclar en su justa medida los simples y cercanos ingredientes que resultaron ser perfectos y equilibrados para los dos platos.
Los mejillones; al vapor. Granos de pimienta, limón, laurel, ajo, perejil y chorrito de aceite virgen al final.
La Morruda (Diplodus Puntazzo) acertadamente recomendada por Mateu (Mercat Cubert d´Inca). "Ya te buscaré algo raro para tres personas; a ti que te gusta probar cosas diferentes"- me dijo el día anterior. "Que no sea muy caro, que no estamos para gastos"- le contesté yo, sabiendo que no se excedería en ese sentido. Una Morruda de kilo y medio de menos de treinta euros fue perfecta para hacer al horno; "a la Mallorquina" como dijo Marga. Acelgas, perejil, patatas, limón, tomate, pasas, piñones, cebollas tiernas y pan rallado todo en su justa medida y al horno nos hicieron disfrutar del pescado que resultó de una carne blanca y una textura excelente e inusual para un pescado de precio tan asequible.
Marga lo hizo todo; desde limpiar los mejillones hasta estar atenta al horno y vigilar el manjar que había de proporcionarnos una cena de categoría, informal y en familia.
Como de costumbre en estas cenas, todo acabó con las campanadas que, debido a la indecisión de mi hijo tuvimos que compartir con dos cadenas de televisión. No se decidía entre Sarita (Carbonero) o la "rubiaca" de "Tonterías las justas", por lo que seis campanadas por cadena fueron la solución más aceptable. Mi mujer y yo con uvas, mi hijo con Lacasitos, nos deseamos buenos augurios para el nuevo año, nos besamos y concedimos treinta minutos de rigor a los programas típicos de esta noche antes de comprobar, con gran alegría, que en La Dos emitían una de mis pelis favoritas, "Amanece que no es poco" del gran Cuerda, que nos hizo reír con ganas a los tres.
Atípica nochevieja también por que no brindamos con amigos ni familiares, no reímos con las tonterías de algunos, no nos emborrachamos ni bailamos; pero estuvimos en familia, tranquilos y cómodos.
El año que viene quizás sea otra cosa. Ya se encargará de eso nuestro hijo. Seguro.
La Morruda. Con sus espectaculares dientes.
Todo, todito, se lo curró Marga.
Preparado para hornear.




