miércoles, 26 de enero de 2011

Muere el sabor. ¡Viva la textura!

Padezco rinitis alérgica. Espero que sea pasajero pero, con el tiempo tan húmedo que estamos teniendo en Mallorca, hace más de dos meses que lo sufro. Ebastel Forte, Urbasón, Nasacort, ... cortisona y droga dura legal por la nariz; snifffff y nada. Todo sigue igual. El olfato va y viene a su antojo; se despierta cuando quiere y se duerme más a menudo de lo que a mi me gustaría. Con la pérdida del olfato también se pierde el gusto; algo que no sé ni cómo se llama. De la misma forma que alguien que no ve es ciego, ¿cómo coño se llama a alguien que no huele, o que ha perdido el sentido del gusto?
Para un aprendiz de gastrónomo como yo esto es un cataclismo, algo muy difícil a lo que enfrentarse, una verdadera pérdida de identidad, una angustia vital diaria y continuada.
Desde que dejé de fumar, debido al asma que empecé a padecer, recuperé -y de qué manera- el olfato. Era capaz de percibir toda clase de olores, un mundo nuevo se abrió ante mí. Incluso desde mi casa, en un primer piso, percibía si alguien estaba fumando en la calle; créanlo o no, es cierto. Las fresas sabían a fresa, además de percibir diferencias entre ellas. La sal tenía sabor, las matequillas, las aguas, ni que decir del vino o los licores. Todo cambió, o todo comenzó según se mire. Era capaz de percibir si se había utilizado alguna clase de potenciador de sabor, como el "Glutamato Monosódico", en alguna receta, entrar en una panadería era un festival, el verano con sus frutas, era una orgía; el otoño, con sus setas, era un pecado; entrar en el colegio de mi hijo, un horror.
Todo eso me ha abandonado hace unos meses. No huelo nada, huelo algo o huelo poco, de manera caprichosa y sin poder hacer nada para evitarlo. Es una sensación muy desagradable y desesperante. Una cucharada de sopa caliente, hecha con caldo casero, del cocido de hace dos días, con fideos finos... no me sabe a nada. Una croqueta casera de jamón y huevo: nada. Un cocarroi de pasta dulce: nada. Unos callos de bacalo con alubias: nada. Un sorbete de melón al cava casero: nada de nada. Y así podría continuar hasta el infitino sino fuera porque me tengo que secar las lágrimas -y sonarme. ¿Desolador, verdad?
En este apocaliptico panorama una luz al final del túnel, una esperanza, un impulso para no mandarlo todo a la mierda: la textura.
No he sido consciente de ello hasta hace unos días, pero es algo que debía estar asimilando hace semanas. Disfruto de la comida por su textura, por la sensación que me produce en la boca. Fui consciente de ello, supongo, con el pan. Hay noches que, en mi desesperación, tiro la toalla y tan sólo ceno pan con tomate y aceite; "total para qué" reflexiona mi lado más práctico. Pero, gracias a dios, mi parte luchadora y lúdica me advirtió: "¿No te das cuenta?, mira la diferencia que hay entre la corteza y la miga. Muerde con fuerza esa corteza dura y cortante para luego relajarte con la miga bañada en aceite."
El jamón ibérico de reserva tiene más de tres texturas diferentes;por ejemplo la grasa: suave y untuosa, la carne: agradecida y viciosa, la carne más seca: dura y larga.
El salmón ahumado: mantecoso, frío, entretenido y soberano.
El chocolate; obviando su pernicioso y embaucador sabor se descubre el crujir, la cantidad de veces que se puede morder una pastilla sin que se derrita con los 37 grados de la boca, la grasa que se aloja en la boca, el paso por la garganta.
Una paella es un festival. Un pescado al horno es una aventura. Unas croquetas una excursión sensorial donde se descubre la corteza crujiente, el relleno suave, los trocitos de jamón alegres y el huevo elegante.
Y del vino mejor no hablar; aquí seguro que no me van a creer, pero lo noto, no soy capaz de distinguir, y menos ponerle adjetivos, a mi percepción, pero les aseguro que algo se mueve ahí dentro. La percepción del alcohol es inmediata, la lengua localiza la rugosidad al instante, igual que con el buen aceite, la garganta dicta el veredicto.
Esperemos que esto sea el comienzo de una nueva experiencia, esperemos que, después de esta pesadilla, aprecie los alimentos también por sus texturas, que se me abra una nueva arista en su análisis pero, sobretodo, esperemos que recupere pronto el olfato, con su siamés sabor, que como eso no hay nada.

lunes, 24 de enero de 2011

El Paladar. ¿Un clásico, ya?


Hacía tiempo que no pasaba por ahí. La crisis sobrevenida, sin previo aviso ni invitación, a mi vida laboral ha propiciado que me convierta en un gastrónomo en apuros que, dado el devenir económico de todo lo que nos rodea, debería hacerme cambiar el título del blog por algo como: "Un Gastrónomo en Crisis". Veremos.
El Restaurante "Paladar" sigue en el mismo sitio, pero algo nuevo, demasiado nuevo, noté el domingo al entrar en él. Quizás haya pasado más de un año desde mi última visita; hace dos años era lugar de obligada visita mensual: Huevos 007, Steak Tartar, Calamares (romana o estofados) y Cardenal de Llosseta de postre. Un clásico para los que asistíamos a un precio que, con el paso del tiempo, se hizo inalcanzable por su continuo ascenso y mi incesante descenso (de ingresos). Fue bueno, muy bueno, mientras duró. Recuerdo que al principio, hace unos cinco años, los domingos actuaba el cheff de cocina en la sala, gueridón y mandil de fiesta, cuchillos afilados como hojas de afeitar y, bajo la atenta mirada de los comensales, ejecutaba unos perfectos Tártaros desde el principio hasta su servicio a la mesa; cortando la carne a cuchillo, dadito a dadito, cascando los huevos con maestría, picando el pepinillo, preguntando el punto de Tabasco e interesándose si alguno de los ingredientes del plato disgustaba al cliente. Un verdadero espectáculo. Ahora lo sirven directamente de la cocina, demasiado picante, subido de "HP" y con tostaditas y mantequilla, cuando antes lo acompañaba unas crujientes y finas patatas fritas.
En poco más de un año han cambiado las cosas; no voy a decir que a peor, eso sería opinar de forma gratuita, pero sí puedo afirmar que es evidente la variación sufrida. 
El domingo pasado no conocí a ningún camarero, no recordaba a ninguno de "mi" anterior etapa, no existe ya carta de vinos  en su lugar el metre canta los pocos (cuatro o cinco) vinos que ofrecen: "De algunos sólo me quedan botellas sueltas", nos dijo obviando el precio de las que nos enumeraba, lo que me obligó a preguntar el precio cada vez que cantaba un nombre con la inconveniencia que eso acarrea. Al final, como no, vino de la casa: "Un riojita de crianza que está muy bien." "Y, ¿Qué precio tiene?" -insití alcanzando un tono facial más rojo que una gamba de Sóller. "Creo que 15 ó 16 euritos". Creo y euritos me parecieron evitables. Me echó un capote el anfitrión, porque eso no lo había dicho pero yo no pagaba -si no imposible permitírmelo-, diciéndome que el de la casa estaba bien.
Todo esto me hizo reflexionar en lo difícil que debe ser para un empresario restaurador conservar "Un Clásico"; saber mantener al mismo personal, intentar que los platos se conserven sabrosos, mantener el nivel de calidad y servicio a la altura que se espera.
Creo que "Un Clásico" sería aquel sitio que, independientemente de su precio, puedan pasar años sin que lo visitemos pero el día que lo hagamos nos sintamos igual que la última vez. Y con eso no quiero decir que el sitio esté igual que en la última visita, sino que la percepción sensorial sea la misma. Algo tan difícil como eso es lo que diferencia a un restaurante "Clásico" de uno "Bueno". Algo tan difícil como eso ya que, en todo ese proceso, interviene la memoria del cliente, muy cabrona y caprichosa ella, y elemento subjetivo donde los haya.
El domingo corrieron por la mesa, y por mi memoria, los Clásicos Huevos 007, los Tártaros, Bacalaos, Calamares y Callos entre otras cosas. La sorpresa fue que el precio no superó los 35 euros por persona, algo de agradecer en estos tiempos que corren.
Esta semana llamaré a los antiguos parroquianos para convencerles de una nueva visita al "Paladar"; después de eso sabremos con más seguridad si lo podemos considerar como un "Clásico" ya definitivamente. Esperemos que sí.


Steak Tartar. Carne a temperatura ambiente y plato frío: un buen detalle.
Sin patatas fritas. La próxima vez lo solucionaremos.



Huevos ´007. Escalfados y sumergidos en crema de foie y trufa.
Sabrosos y viciosos.


Restaurante PALADAR.
C/ Miquel Arcas, 2. (Cerca de L´Escorxador)
TEL: 971 296 016.
Palma de Mallorca.

domingo, 2 de enero de 2011

Una Nochevieja atípica.


Mi mujer y yo en pijama; mi hijo (de tan sólo cinco años), indignado por no recibir invitados y no tener cotillón ni juerga preparada, se negó a desvestirse para tan magna ocasión y siguió ataviado con sus vaqueros y una de sus camisetas preferidas para asistir a la gran cena. Atípica también ya que fue mi mujer que tuvo la gran y acertada idea de cocinar; a su manera, tradicional, simple pero perfectamente ejecutada. 
Mesa sin mantel, platos y cubertería de diario, sin velas, una botella de cava para dos, mejillones y Morruda fueron nuestros selectos acompañantes. Sin estridencias, a su ritmo, paso lento pero seguro, sin complicaciones Marga fue ejerciendo de mediterránea auténtica y supo mezclar en su justa medida los simples y cercanos ingredientes que resultaron ser perfectos y equilibrados para los dos platos.
Los mejillones; al vapor. Granos de pimienta, limón, laurel, ajo, perejil y chorrito de aceite virgen al final.
La Morruda (Diplodus Puntazzo) acertadamente recomendada por Mateu (Mercat Cubert d´Inca). "Ya te buscaré algo raro para tres personas; a ti que te gusta probar cosas diferentes"- me dijo el día anterior. "Que no sea muy caro, que no estamos para gastos"- le contesté yo, sabiendo que no se excedería en ese sentido. Una Morruda de kilo y medio de menos de treinta euros fue perfecta para hacer al horno; "a la Mallorquina" como dijo Marga. Acelgas, perejil, patatas, limón, tomate, pasas, piñones, cebollas tiernas y pan rallado todo en su justa medida y al horno nos hicieron disfrutar del pescado que resultó de una carne blanca y una textura excelente e inusual para un pescado de precio tan asequible.
Marga lo hizo todo; desde limpiar los mejillones hasta estar atenta al horno y vigilar el manjar que había de proporcionarnos una cena de categoría, informal y en familia.
Como de costumbre en estas cenas, todo acabó con las campanadas que, debido a la indecisión de mi hijo tuvimos que compartir con dos cadenas de televisión. No se decidía entre Sarita (Carbonero) o la "rubiaca" de "Tonterías las justas", por lo que seis campanadas por cadena fueron la solución más aceptable. Mi mujer y yo con uvas, mi hijo con Lacasitos, nos deseamos buenos augurios para el nuevo año, nos besamos y concedimos treinta minutos de rigor a los programas típicos de esta noche antes de comprobar, con gran alegría, que en La Dos emitían una de mis pelis favoritas, "Amanece que no es poco" del gran Cuerda, que nos hizo reír con ganas a los tres.
Atípica nochevieja también por que no brindamos con amigos ni familiares, no reímos con las tonterías de algunos, no nos emborrachamos ni bailamos; pero estuvimos en familia, tranquilos y cómodos.
El año que viene quizás sea otra cosa. Ya se encargará de eso nuestro hijo. Seguro.

La Morruda. Con sus espectaculares dientes.


Todo, todito, se lo curró Marga.

Preparado para hornear.

martes, 28 de diciembre de 2010

Grandes regalos.


Un día antes de nochebuena recibo una llamada de mi amigo Toni: "Oye tío, voy un poco liado, pero nos vemos y tomamos un café que tengo algo para ti".
Qué ilusión, un regalo. Además fue un verdadero regalo. Una flamante y olorosa botella de "Licor de Hierbas Mallorquinas" caseras.
"Te durarán mucho. Son Madre. Cuando te las acabes las podrás volver a rellenar."
"Pero, ¿con qué?"- le pregunté.
"Ni puta idea. Las hace mi padre".
Eso es tener suerte.
Una vez probé una mermelada de pimientos rojos; picantita, con el punto justo de amargor y dulzor, perfecta para acompañar carnes o quesos fuertes hecha por el "mismo padre" y entendí lo que era realmente disfrutar de la jubilación y engancharse, con la experiencia de los años vividos ya, a una gran e interminable afición como es la culinaria.
Gracias Toni y gracias "padre de Toni" seguro que las disfrutaré durante mucho tiempo.

Otros gastronómicos regalos que también me han hecho ilusión han sido una gran bolsa de naranjas de:
S´Hortolà de Sant Jordi.
Mercat Cobert d´Inca. Tel:971 50 11 69
(También en Olivar y Santa Catalina).

... y una muy práctica bolsa para conservar el pescado de:
Peix ca´n Mateu.
Mercat Cobert d´Inca. Tel: 871 91 03 97.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Amigos que cocinan. Pep Lluís.



La maestría, saber estar, serenidad, experiencia y efectividad en la cocina, como en otros ámbitos vitales, se demuestran en situaciones límites y creedme si os digo que el sábado tuvimos una de esas. Eran más de la una del mediodía cuando llegué a casa de mi amigo Bernat; me recibieron con una lechona de unos cinco kilos partida por la mitad y un horno todavía apagado. "Sí, ya sé que vamos un poco retrasados, pero es que nos hemos liado un poco"- me dijo Pep Lluís mientras se erigía como salvador de la velada que, para más presión, tenía como invitado de honor al ex-matador de toros Rafael Camino (Rafi, para los más mediáticos).
Con unas rápidas pero certeras decisiones Pep LLuís encendió el horno a una temperatura y difusión perfecta para la ocasión; mandó decapitar y cortar las extremidades al animal ya que, a pesar de las grandes dimensiones del horno, era imposible meterlo entero; le rompió el espinazo y lo comenzó a regar y salpicar  con toda una serie de pócimas medidas para el corto espacio de tiempo que disponíamos hasta que no pareciera que aquello se nos estaba escapando de las manos. Ríos de limón, lluvias de sal y pimienta, chorros de agua y un toque de coñac que llenó la cocina y el comedor de un agradable aroma a cocina elegante.
"La colocaremos primero boca abajo, con el horno a esta temperatura. Luego le daremos la vuelta y veremos lo que tarda".- fueron sus últimas y precisas indicaciones antes de cruzar los dedos y esperar que aquello tuviera éxito. Pero la actuación de Pep Lluís no acabaría allí. A lo lejos, estupefactos y asombrados por la osadía del envite, mirando al techo disimulando mientras imaginábamos el desastre, oímos la voz de Bernat que nos recuerda que ha comprado un estupendo pollo campero y que Sebastiá, carnicero del Mercat d´Inca, le ha indicado que debía meterse en el horno todo junto y en crudo para conseguir así una perfecta cocción de esta difícil receta.
"No. No hay tiempo. Meteremos el pollo más tarde y encima."- sentenció Pep Lluís esta vez.
Cuando sacamos la bandeja del horno, respiramos hondo uniendo así el aroma con la tranquilidad que nos dio ver la perfección del sabor, textura y cocción de todos los ingredientes que participaban del homenaje que nos íbamos a regalar gracias a la actuación del verdadero maestro de la velada.
Al final, el Maestro Taurino tan sólo comió pollo antes de echarse a dormir una reparadora siesta de dos horas para recuperarse del revuelo nocturno y diurno que había estado organizando los días anteriores en mi tranquilo pueblo. Pero eso ya es otra historia...



lunes, 29 de noviembre de 2010

La Almendra de Mallorca. (O cómo pasear por el "Dijous Bo" sin gastar un duro).


Las ferias tradicionales locales parece que se están adaptando mal y tarde a este siglo tan incierto que nos ha tocado vivir. Habiendo perdido completamente su función de abastecimiento de productos alimentarios para el invierno, de compra de animales y ropa para el hogar e, incluso, de promoción de todo tipo de productos locales, han quedado reducidas a un simple gran centro comercial de productos supuestamente autóctonos y locales.Una concentración de puestos callejeros de todo tipo que únicamente ofrecen productos estandarizados pero a precios exclusivos para turistas o familias que desean pasar un día festivo mientras los niños se divierten con atracciones tan "auténticas" como coches de choque o castillos inchables (tres euros por quince minutos, ¡oiga!).
En este sentido la feria más importante de este tipo en Mallorca no fue muy diferente. El esperado "Dijous Bo" de Inca, según cuentan las crónicas, fue un éxito de asistencia pero un fracaso comercial. Quizás los organizadores todavía no se han dado cuenta de la crisis que ahoga a la mayoría de familias mallorquinas que no se permiten el lujo de pagar dos euros por un puñado de chufas o cinco por un trozo de queso de cabra.
Siempre son de agradecer las pequeñas atracciones que montan los cuerpos de bomberos, ambulancias o policías ya que permiten que los niños se diviertan subiéndose a sus motos, lanchas o camiones e incluso se entretengan pintando dibujos en sus carpas o tiendas de campaña. 
Por contra la presencia institucional promocionando productos y cultivos autoctonos fue mínima y ridícula. Tan sólo una gran afluencia de personas que abarrotaba una pequeña carpa del "Consell Insular" me llamó la atención pero al comprobar que, previa firma para apoyar a la candidatura de la Serra de Tramuntana ante la UNESCO para convertirse en patrimonio mundial, regalaban una bolsa de tela y un delantal de cocina comprendí que no había nadie allí interesándose por agricultura, ganadería o gastronomía. Después, al pedirles información, confirmé mis sospechas de que el "folleteo" y no sexual sino editorial, o sea la publicación de folletos sobre todo tipo de temas de este tipo, se sigue llevando la palma (y el presupuesto) en materia promocional. Una simple ojeada a la cantidad de información publicada por las instituciones sobre vinos, gastronomía, restaurantes tradicionales y agricultura evidencia la necesidad de una promoción efectiva que llegue hasta los más interesados en ello, o sea los turistas y visitantes ocasionales de la isla. En este sentido, y cuando me canso de hablar de fútbol con mis colegas, suelo sacar el tema de la necesidad de un cambio de modelo turístico mallorquín, ahora exclusivo del anticuado "Sol y Playa", para buscar nuevas fórmulas que atraigan a nuevos turistas. Los viajes gastronómicos son un buen comienzo para ellos dada la cantidad, riqueza y variedad de posibilidades que encierra nuestra isla. Si en estos momentos ya se organizan viajes para admirar el florecimiento de los almendros (gran espectáculo) porqué no empezar a promocionar rutas de vinos, restaurantes, productos locales e, incluso, "matances" (matanza y realización de embutidos del cerdo) tan auténticas y tradicionales en Mallorca.
Un pequeño oasis entre toda la arena ferial-comercial: una pequeñísima carpa de la "Ametla D´Agricultura Integrada" con una interesante muestra de todas las variedades de almendras de las Islas baleares. Allí me enteré que la Agricultura Integrada era un punto intermedio entre la industrial-mecanizada y la ecológica, o sea, "que utiliza al máximo los recursos y mecanismos de regulación naturales y asegura a largo plazo una agricultura viable y sostenible" en palabras de esta asociación. Después de hablar con uno de los responsables y probar unas cuántas variedades de almendras comprobé que podría haber otro tipo de entretenimientos en este tipo de ferias sin necesidad de gastar dinero o firmar por algo sin la necesaria información.
Almendra de Agricultura Integrada.
C/ Fira, 8. Llucmajor.
Tel: 699 86 23 17.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Segovia y su cochinillo. Rte. José María.


De la gran tradición en hornear cerditos recién nacidos que hay en España, sin duda es en Segovia donde han conseguido llegar a las cotas más altas de perfección.
Tuve la suerte de pasar un fin de semana con mi familia no hace mucho y disfruté, entre otras cosas, de un maravilloso lechón: palabra que mejor define a un cerdito de no más de 4 (4,5) kilos de peso, de tres semanas de edad y que no ha comido otra cosa que leche materna. La forma inglesa de llamarlos me parece también muy descriptiva: Suckling Pig dicen los británicos (cerdo que mama); real como la vida misma.
A mi pregunta de rigor en el hotel y a algunos colegas de si debía ir al "Mesón Cándido" a pegarme el homenaje la repuesta era unánime:
"Tú ya has estado allí, ¿no? Pues quédate con el buen recuerdo y vete a José María"
Sabio consejo.
El "Restaurante José María" lleva asando cochinillos de manera perfecta desde 1.982. Su situación no es la de Cándido, pero está en el centro, muy cerca de la plaza Mayor. Con una barra rápida, animada y muy bien surtida en la entrada es uno de los mejores sitios para tomarse una cerveza o una sidra antes de comer, bajo el peligro de disfrutar tanto de sus tapas y quedarnos sin sitio para el festival posterior.
Me cuenta el camarero que el secreto está, entre otras cosas, en la alimentación de las madres (sólo cereales), en el lento horneado (tres horas con varias interrupciones) en la parquedad de sus ingredientes (agua, una pizca de aceite y sal), en la temperatura del horno (unos 200 grados), en los sarmientos y ramas de Fresno que utilizan como combustible y en otras cosas que se calla (y eso seguro que son los secretos de verdad).
Abrimos boca con unas orejas estofadas y un escabeche de caballa. Comenzamos el banquete con unos Judiones del Real Sitio de La Granja con todo su acompañamiento de oreja, morcilla, chorizo, ...
Un Salteado de Setas del lugar aromatizó la espera mientras veíamos como, con maestría y destreza, a la manera tradicional sirviéndose del plato como trinchante, el camarero separaba nuestro cochinillo en seis perfectas raciones (ni una más ni una menos) y las emplataba acompañada de ese jugo de dioses que no es más que la grasa del animal que va soltando durante la cocción con un poco de agua y sal.
Sería tan complicado describir la ternura, sabor, crujir y aroma de la carne que seguro no haría honor a la verdad. Que cada uno salive a su placer y con sus propios medios utilizando la imaginación.
Yo acabé la comida con un sorbete de vino tinto y dándome cuenta que mi estómago ya no es el de un chaval: no pude acabar con todo; eso sí que fue la gran reflexión de la jornada.
Mención especial merece la bodega que el mismo José María tiene en la Ribera del Duero: Finca y Bodega del Pago de Carroviejas. Probamos su Tinto de Autor José María: perfecto, nada más que añadir.
El temor que sobreviene a los que no disponen de posibles para fastos como yo al  pedir la cuenta se transformó en felicidad, paz y sosiego al comprobar que por 40 euros por persona pudimos tocar el cielo y permanecer en él durante una buen rato.
Gacias cerdito y gracias José María. No lo olvidaremos.

Judiones de La Granja.

Mi hijo dió cuenta de unas chuletillas lechales. 
Con las manos como mandan los cánones.

A la manera tradicional. 
Seis raciones por animal: dos piernas, dos manos y dos costillas.


C/ Cronista Lecea, 11. Junto Plaza Mayor.
Reservas: 921 461 111

domingo, 14 de noviembre de 2010

Son Catiu (y II)

El zumo recién exprimido.

Después de mi infructífera espera a la confirmación de ciertos datos sobre la tafona (almazara) de Son Catiu, ceso en mi intento, tiro la toalla y postearé los datos que pude recopilar referentes al año anterior. En defensa de Bernat, mi informador y anfitrión, diré que me emplazó a tener una reunión con uno de los socios de esta empresa inquera. Queda pendiente; no lo he olvidado. Después del "Dijous Bó" retomaremos el tema.

Componen esta tafona un total de 11 socios que desembolsaron inicialmente una  inversión de 2,5 millones de euros. La finca ocupa  20 quarterades (unos 140.000 metros cuadrados) en el término municipal de Inca. En la temporada de 2.008 poseía unas 1.200 oliveras de la variedad Arbequina aunque creo que ahora, y para campañas posteriores, se plantaron más y de otras variedades como la Mallorquina (o Empeltre) y la Picual.
En el 2.009 tuvo una producción de 120.000 Kg de olivas cultivadas convirtiéndose así en el máximo productor de la D.O. Mallorca.
Lo más importante es que dan un servicio completo al olivicultor; desde el asesoramiento, pasando por los trabajos directos en sus fincas y, por supuesto, todo el proceso que va desde la molienda de la oliva hasta el embotellado. Así pueden procesar cinco partidas diferentes de olivas a la vez; de esta manera el pequeño productor externo se llevará su propio aceite envasado sin mezclar con otros de otras fincas. La partida mínima a procesar es de 400 Kg. y el precio es de 72 euros. No se tarda más de 12 horas en todo el proceso desde que se recibe la aceituna hasta que se deposita en las garrafas que se lleva el olivarero, además trabajan toda la noche si es necesario ya que el calor del sol no es buen compañero para el proceso.
Los residuos del proceso se separan y, por una parte, la pasta se utiliza para abono de la misma finca y, por otra, el hueso o “pinyolí” para combustible de la caldera, con un rendimiento tal que 2 Kg de hueso equivalen a 1 litro de gasóleo. Lo más revolucionario del sistema es que la caldera se utiliza también para dar energía al aire acondicionado de todas las dependencias de la finca.
Su bar-restaurante-salón de catas y tienda no puede estar mejor. Desde un pa amb oli (pan mallorquín con tomate y aceite) con productos locales, pasando por tapas típicas mallorquinas hasta las mejores carnes locales a la brasa son una buena carta de presentación. En su tienda encontraréis todo tipo de aceite y productos relacionados. Si vais ahora y hasta el final de la campaña podréis comprar el aceite recién exprimido (auténtico zumo de aceituna) en unas elegantes botellas. Una experiencia que recomiendo a todos los que os guste experimentar con los sabores y olores auténticos y genuinos.
Sus “berenars” (almuerzo-desayuno-aperitivo matutino) en días laborales han conseguido ser auténticos a sus escasos tres años desde su apertura. Gente de la zona, olivareros, comerciales, “pagesos” (trabajadores del campo), etc; en fín un ambiente local y originario de la zona que recibe bien al turista o visitante ocasional. Los viernes y sábados por la noche está también concurrido aunque la tienda no permanece abierta. Un local amplio y cómodo para ir con niños o con grandes mesas de muchos comensales que tan difíciles son de encajar en locales pequeños.
El precio es ajustado, justificado y justo. Las carnes caras se pagan como dios manda, pero los productos de mercado y de temporada son asequibles. Sus tapas no son caras y sus pa amb olis (algunos incluso con carne o pescado) solucionan satisfactoriamente una cena con amigos y niños sin que el bolsillo se queje en exceso.
Ya me contaréis.

Depósitos de almacenaje refrigerados.

La pasta de aceituna en pleno proceso.


Almazara, Tienda y Degustaciones.
Ctra. Inca - Llubí (En la rotonda de Muro a Llubí)
07300. Inca. Mallorca.
Tel. Pambolería (Restaurante de degustaciones): 971 940 254.
Tel. Oficinas: 971 940 227.
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